Dayrí Blanco y la magia del periodismo

Personajes

Hablar de Dayrí Blanco es hablar de periodismo. Durante más de 15 años no ha hecho otra cosa que entregarse a la profesión con la pasión de un capitán decidido a navegar, sin abandonar jamás el barco, por océanos turbios e inciertos, en medio de tempestades.

En los días más claros, cuando el inclemente sol evapora las calles y hace sudar la piel; en las noches más largas contra el letargo del sueño, la fatiga y el peso del cansancio; llueva truene o relampaguee, Dayrí trabaja sin cesar.

Quienes han tenido el privilegio de compartir la ocupación junto a ella saben que no espera al clima, a la motivación ni a nadie: sale todos los días, religiosamente, en busca de una noticia y regresa siempre con una historia que contar.

Aunque las adulaciones y el reconocimiento la tengan sin cuidado, su nombre es sinónimo de respeto y admiración en todo Carabobo, especialmente para sus colegas, aquellos que entienden el compromiso y la fidelidad que deben guardarse al oficio, cuales amantes que reservan su corazón a una sola persona en toda su vida.

Después de todo, no sólo vive del periodismo, sino que necesita de él como el aire para respirar.

Memorias universitarias

Para Blanco los años de infancia en Caracas, su ciudad natal, y Puerto Cabello, donde se crió, parecen recuerdos de otra persona, como si en realidad su vida hubiese comenzado el día que ingresó en la recién inaugurada Escuela de Comunicación Social de la Universidad Arturo Michelena (UAM).

Todavía no alcanzaba la mayoría de edad cuando inició como reportera de calle en Tele Caribe.

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En las mañanas asistía a clases y al salir apuraba el paso desde San Diego hasta Prebo para cumplir su jornada de ocho horas que arrancaba a las 2:00pm. Esa rutina de tiempos ajustados la iría entrenando para lo que se vendría después.

Para alguien que adquirió conocimientos teóricos a la par de los prácticos, destacar fue inevitable.

La estudiante atendía disciplinadamente lo que dictaban en las aulas, obteniendo las mejores calificaciones, mientras se fogueaba con el trabajo.

En 2004 trabajó en el diario Notitarde en la sección de deportes. Allí empezó a afilar la pluma escribiendo sobre las Grandes Ligas –para su fortuna, siendo fanática del béisbol–. Más tarde formaría parte de una revista económica y dos radios regionales, aprendiendo el manejo del lenguaje periodístico en los diferentes medios de comunicación.

El 18 de noviembre de 2006, Dayrí escribió sobre la inauguración del Metro de Valencia para la primera versión impresa del recién fundado diario El Periódico, convirtiéndose en colega de algunos de sus profesores.

Dos semanas después impregnaría el auditorio de ovaciones honoríficas.

Con acento al final

“Perdí el ensayo del acto porque me negaron el permiso del trabajo. Ni siquiera sabía cómo dar las manos”, comentó.

Ese primero de diciembre, dos días antes de las elecciones presidenciales entre Hugo Chávez y Manuel Rosales, Blanco tampoco sabía por qué llevaba colgando del birrete un cordón del color de su apellido, ni mucho menos que existía un protocolo específico para quienes se gradúan con honores. Tan sólo pensaba en hacerle entender al orador que debía pronunciar bien su nombre, que no era “Dáyri, ni Dayri, ni Daisy, sino Dayrí, con acento al final”.

Cuando la mencionaron –entonando las sílabas correctamente– recibió su título confundida por el gesto de las autoridades, quienes le indicaban con señas de mentón que debía darles la espalda y caminar hacia el centro de la tarima.

Sintió en sus ojos un impacto de luz vertida en las paredes del auditorio y los rincones de sus emociones.

De pie en la primera fila del público estaba el entonces periodista de El Carabobeño, Luis Alonso Hernández, quien fuera el primero en dar clases de Comunicación Social en la UAM.  El comodín de pautas de la magna cum laude, su protector de balaceras en el Penal de Tocuyito, el profesor que jamás le negó un consejo en el aula, ni en las calles, juntaba las palmas frenéticamente y gritaba “bravo” desde sus pupilas hasta su sonrisa de satisfacción.

“Cuando prendieron las luces me hicieron señas para ir al centro de la tarima, volteé y estaba parado de primerito, emocionado, aplaudiendo. No vi a mi mamá, ni a mi papá, vi a Luis Alonso”, recordó Dayrí, dichosa de haber obtenido en su etapa universitaria más que un acento al final de su nombre, más que un título con honores: había ganado un maestro ejemplar del oficio.

Una pausa, dos intentos fallidos

A veces la vida no pinta de rosa, ni de blancos absolutos, pero Dayrí, que ha experimentado con intensidad la gama entera de grises, sabe que todo es siempre parte del destino.

El recorrido de la licenciada por las áreas prácticas que integra la carrera se cristalizó con una agencia de eventos.

La empresa que lideraba en sociedad con una amiga, duraría un par de años. Por afectaciones de salud de su padre, Dayrí tuvo que hacerse cargo del negocio familiar, el principal sustento económico de su hogar. Por primera vez en 7 años le ponía pausa al periodismo.

“Mi papá tenía puestos de perros calientes en la Calle del Hambre de la Isabelica y vendía almuerzos a domicilio en la Zona Industrial. Me tocó preparar almuerzos y repartirlos, asumí la responsabilidad de las cobranzas y en las noches me encargaba del inventario”, explicó.

Con el negocio a flote, la invadieron profundos deseos de ser madre. No sería fácil. El primer embarazo se complicó y el segundo intento tampoco funcionó. Sintió que un aire helado le congelaba el corazón, como si tuviese una tormenta de nieve por dentro. Pero su anhelo persistía.

Una enfermedad sanguínea llamada trombofilia primaria era la causa de sus pérdidas. Entonces sucedieron los tratamientos de fertilidad y los arduos esfuerzos por pagarlos, que requirieron de la venta de una casa y un carro.

“Cuando supe que estaba embarazada por tercera vez, me inyecté anticoagulantes cada noche, tomé esteroides y otros medicamentos”, relató.

Por fin vio bajo sus ojos el fruto de su vientre, acunó en sus brazos el cuerpecito diminuto que la hizo madre y sintió su pecho estallar de felicidad como lava de volcán: había dado a luz a Adriana Cristina, “La Titi”, el motor de su vida.

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Renovación de votos

La recién nacida estuvo 25 días en terapia intensiva antes de que lograra estabilizarse y medio año después, aprovechando los vestigios del tratamiento de fertilidad, Blanco quedó embaraza de un varón. Todo se repetía de nuevo: las hormonas, las inyecciones nocturnas, la misma terapia intensiva para el niño.

Era 29 mayo de 2014 cuando le dieron la noticia: Cristian Adrian no sobrevivió.

Dayrí no experimentó una tormenta de nieve esta vez, sino el mismísimo hielo endurecido cual bala atravesándole los latidos.

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Su memoria lo recuerda bien. Fue un 16 de julio de 2014 cuando ingresó a El Carabobeño. En dos escasos meses había encontrado fuerzas en las calles y sus bramidos de noticias y crónicas, en las letras del teclado, en la tinta y la celulosa del periódico, para superar la depresión y salir adelante, aferrándose a su trabajo con devoción como se aferra un creyente a los milagros de Dios.

Desde entonces, para Blanco el periodismo es magia.

La renovación de votos con su profesión le permitió seguir creciendo en el gremio. Escribió trabajos de investigación para Runrunes y Efecto Cocuyo, en 2017 se unió al equipo de Caraota Digital y el mismo año asumió la corresponsalía carabobeña del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS).

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La Titi y el periodismo

Lo único que Dayrí ama por encima del periodismo es su hija Adriana, “La Titi”

Sus rutinas están acopladas desde que el sol se asoma hasta que se esconde y al caer la noche comparten el mismo sueño. Antes de la cuarentena, Dayrí la llevaba y buscaba del colegio, el curso de inglés y la gimnasia. La acompañaba en las comidas, las tareas y cada domingo iban al cine.

Adrianita también acompañaba a su mamá a cuanta pauta periodística fuese posible: ruedas de prensa, encuestas de calle, eventos.

En algunas madrugadas “La Titi” siente a su mamá levantarse de la cama. Un minuto más tarde sale a buscarla para encontrarla frente a la computadora, trabajando. Entonces se acerca y recibe los dedos de su madre que le acarician un par de mechones. “¿Mami, puedo dormirme aquí?”, pregunta. Enseguida busca su manta, se acuesta cerca y con el “cla-cla-clá” de las teclas vuelve a conciliar el sueño.

Una dinámica similar tiene con su pareja y sus padres.  La mayoría del tiempo familiar transcurre en casa, mientras Dayrí escribe alguna crónica o edita un reportaje.

“A veces César (novio) me dice que es viernes y me pregunta qué vamos a hacer. Entonces compra cervezas y pasamos la tarde bebiéndolas mientras trabajamos”, comentó.

En la calle

Mientras Dayrí está en la calle cubriendo una noticia, su cuerpo y su cerebro parecen dos personas diferentes. La primera sigue adelante, casi en modo automático, ignorando peligros, mientras su cabeza ordena lo que perciben sus sentidos en una especie de proceso de jerarquización mental.

Ella no siente miedo de hacer su trabajo. Sea cual sea la circunstancia, nunca se tiene.

“Después uno reflexiona si debió o no esconderse detrás de ese tronco mientras pasaban las bombas lacrimógenas, uno piensa que tal vez pudo estar más lejos, pero en el momento no. Uno está allí y ve tantas cosas… que a uno le dan ganas de seguir”, manifestó.

A sus casi 35 años de edad, Blanco afirma sin dolencia alguna que ha rechazado cargos de jefatura dentro de los medios. No le interesa el dinero ni la comodidad de una oficina. Ella sólo sueña con seguir contando historias que mantengan a la gente informada, volver a escribir para un periódico de cuatro cuerpos y hacer periodismo de calle por el resto de su vida.


Kipu Quiz


  1. ¿Cualidad que más aprecia de una persona?
  2. ¿Principal defecto? Ser impulsiva.
  3. ¿Hobbie favorito? Estar con mi hija.
  4. ¿Héroe de ficción? Mufasa (no es un héroe como tal, pero para muy significa mucho lo que hizo por su hijo).
  5. ¿Héroe de la vida real? Mi hija.
  6. ¿Periodista favorito? Laura Restrepo y Truman Capote
  7. ¿Personaje histórico que le guste?
  8. ¿Personaje histórico que odie?
  9. ¿Si tuviese un súperpoder, cuál sería? Ser invisible.
  10. ¿Cómo le gustaría morir? De la forma menos dolorosa para mi familia.
  11. ¿Cuál es su estado de ánimo más común? El estrés.
  12. ¿Un lema de vida? El periodismo es magia.
  13. ¿Una canción? Vivo de Guaco.
  14. ¿Un miedo? Que le pase algo malo a mi hija.
  15. ¿Un paisaje? Mi bahía de Patanemo.
  16. ¿Un libro? Dulce Compañía de Laura Restrepo y A Sangre Fría de Truman Capote.
  17. ¿Comida favorita? Cachapa con natilla y cochino frito.
  18. ¿Bebida? Café y cervezas.
  19. ¿Época que le gustaría vivir? El Renacimiento.
  20. ¿Un lugar para envejecer? La playa.
  21. ¿Un venezolano? Oscar de León.
  22. ¿Un jamás? El aborto.
  23. ¿Una frase que se parezca a lo que piensa de Venezuela? Un paraíso agobiante.
  24. ¿Un mandamiento personal? Pasar las páginas lo más rápido que se pueda y seguir adelante.

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