Del apagón a New Jersey

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Pasaporte detrás de un embajador


Astrid Johana Pérez. 10 de enero de 1992. San Felipe, Yaracuy.

Perdida entre los juegos de ola y arena la pequeña Astrid era feliz. No fue una niña tremenda, pero sí que sabía disfrutar las vacaciones de agosto que planificaba su padre con tanto esmero.

Su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron bajo el abrigo y protección de una familia que auspiciaba la diversión de sol ardiente y agua salada, así como los viajes de vientos helados y nieve de páramo.

Los días en el colegio Andrés Bello de San Felipe pasaron sin que Astrid causara problemas a sus maestros.

Culminó el bachillerato en el liceo Fray Luis Amigó sin demasiadas anécdotas que contar y sin pensar que sería Valencia la ciudad que acumularía los primeros recuerdos turbios de su temprana juventud.

Con 16 años de edad se residenció en la capital carabobeña. Era la primera vez que se alejaba de sus padres y tuvo que aprender a fuerza de necesidad, a convivir con su soledad y ser independiente mientras estudiaba Comunicación Social en la Universidad Arturo Michelena.

En 2013 obtuvo su licenciatura y sintió que todos los sacrificios habían valido la pena.

Después de un año en el extranjero, sus memorias más preciadas siguen teniendo el calor de los días de playa, la alegría de las vacaciones de agosto y las risas de las navidades en casa de sus abuelos que la hicieron valorar, sobre todas las cosas, la unión familiar.

Luis Miguel Gutiérrez. 9 de noviembre de 1989. San Felipe, Yaracuy.

Es el último hijo, pero entre todos los hermanos es quien más alteró los nervios de sus padres gracias a su reputación de niño hiperactivo y adolescente rebelde.

Pasó por tres liceos distintos antes de acabar su bachillerato, perdiendo la simpatía de sus profesores y obteniendo en cambio la de sus compañeros que estaban acostumbrados a ver a la señora Marina lidiando con los directivos por la singular conducta de su hijo.

Pese a los innegables regaños, Luis Miguel creció siendo un niño alegre que supo ganarse el cariño de sus amigos con quienes vivió inolvidables momentos, aquellos que serían el principal motivo de añoranza por su San Felipe natal.

El espíritu de rebeldía perduraría en los siguientes años, como una fuerza que le impulsaría a persistir en sus intentos.

Decidió estudiar en Caracas Comercio Internacional, carrera que pretendió continuar en Valencia hasta que reconoció su falta de vocación.Sus verdaderas aspiraciones, al igual que Venezuela, giraban en torno al mundo de la política.

Finalmente encontró la afinidad entre sus intereses y los estudios, matriculándose en Derecho en la Universidad José Antonio Páez, pero más tarde le fue imposible continuar motivo a las complicaciones económicas del país.

A sus 30 años de edad, Luis Miguel siente que ha tenido varias vidas.

De todas echa de menos el patio de su abuelo,donde las carcajadas entre primos encontraban lugar cada fin de semana; y la casa de su madre, el sitio de reunión favorito de sus amigos para compartir el ron y las anécdotas.

Pareja y destino

En 2011, en algún cyber de San Felipe, Astrid y Luis Miguel se vieron por primera vez.

Ella no sabía que él sería el hombre de su vida y el padre de sus hijos, pero entonces puso todo su esfuerzo durante largos meses para conquistarla. Los dulces y la paciencia fueron su estrategia. Y funcionó.

La pareja se volvió inseparable. Los unió el sentido del humor y los valores familiares que sus padres les inculcaron.

En aquel momento ninguno pensó que la relación se mantendría en un país extranjero nueve años más tarde. Tampoco sabían que les tocaría experimentar juntos los momentos más complicados de su existencia compartida, porque para entonces sólo disfrutaban de la compañía del otro.

Luego de tres años de estable noviazgo llego para sus vidas la oportunidad de ser ellos quienes infundieran aquellas virtudes de unión a su propio hijo: Luis Carlos nació en diciembre de 2015 en el mismo pueblo que sus padres, pero su crianza transcurriría lejos de los viajes vacacionales junto a los primos, los juegos en el patio de sus abuelos y las reuniones navideñas a las que asiste la familia entera.


Experiencia de dos inmigrantes


Los días de periodismo en la calle cesaron para Astrid cuando su embarazo alcanzó los ocho meses.

Después de dar a luz trabajó desde casa y se ocupó de cuidar al recién nacido mientras que Luis Miguel atendía el negocio que había emprendido con su cuñado y compadre. Se trataba de la venta de agua potable y hielo, empresa bien remunerada en tiempos en que la calidad de servicios públicos en el país, como el suministro del líquido vital, se venía cuesta abajo.

Pese a la incesante acrecida de precios en los productos esenciales, la alarmante devaluación del bolívar y las diversas protestas que se desarrollaban en todo el país, Astridy Luis Miguel vivían prósperos, encontrando la forma de sobrellevar las adversidades.

Aquella tranquilidad desapareció cuando fue imposible lidiar con las pérdidas en el negocio a causa de la inflación.

“Nos iba bien, pero en 2016 las cosas se pusieron complicadas. Crecimos mucho y no aguantamos la bajada. Entonces tomé la decisión de viajar para hacer dinero”, comentó Gutiérrez.

Del apagón a New Jersey

Primeros viajes

Trabajar en el extranjero era una conocida maniobra de sobrevivencia así que Luis Miguel evaluó las opciones en países donde tenía amigos. Estados Unidos fue el destino que le permitió ganar en un día lo que en Venezuela le costaba un mes entero.

Volvió a casa después de cuatro meses de arduo trabajo. El ir y venirse había convertido en una rutina de salvación para cubrir las necesidades del pequeño Luis Carlos, hasta que en 2019 el país entero se sumergió en la más larga oscuridad jamás registrada y todo cuanto podía hacerse escapaba de su control.

La falla nacional en el servicio eléctrico superó las 96 horas en San Felipe.

“Siempre lo voy a decir: a mí me sacó de Venezuela el apagón nacional de cinco días. No lo pude soportar, no sabía cómo explicarle a mi hijo,  que no tenía gas, ni luz, ni agua. No tenía cómo hacerle una arepa”, explicó la mamá del niño.

Lo primero que hizo la pareja cuando llegó la luz fue comprar dos pasajes de avión.

Decisión definitiva

El destino era New Jersey, ciudad donde Luis Miguel había encontrado buenas oportunidades de trabajo en sus viajes anteriores.

Durante el viaje Astrid no hizo otra cosa que pensar en su hijo, dejado al cuidado de las abuelas por al menos cuatro meses. La escala en Panamá le permitió entrar a un supermercado antes de partir a EEUU. Quedó sin aliento durante un par de segundos.

La imagen de estantes repletos de comida erguidos frente a sus ojos, la diversidad de productos empacados bajo el sello de cientos de marcas y la serenidad de las personas al hacer sus compras, la dejaron absorta en el recuerdo de lo que alguna vez fueron los supermercados de Venezuela.

Ese par de segundos fue el tiempo que les llevó tomar la decisión definitiva de emigrar sin retorno.

“Un día simplemente dices: hasta aquí llego. Cada realidad es distinta, la nuestra siempre fue renuente a irnos, pero se metieron con el futuro de nuestro hijo y con el nuestro también”, comentó Luis Miguel.

Tres meses después,  Astrid regresó a Yaracuy por su hijo y una vez gestionado el permiso de salida del menor, emprendió el viaje más difícil de su vida.

“Fue el viaje más duro porque no sólo significaba despedirme de mi familia, era tener que viajar con un niño de cuatro años, dos maletas y dos bolsos. Luis Carlos estaba agotado, lloraba y pedía que los abuelos lo vinieran a buscar, me pedía regresar a la casa y era difícil de explicarle”, expresó.

Encontró consuelo en amigos venezolanos a los que no veía desde hacía años que la recibieron con abrazos comprensivos.

Del apagón a New Jersey

Nueva Jersey, nueva vida

Una vez en New Jersey el tiempo para las despedidas y reencuentros había caducado. Era momento de empezar a trabajar.

Actualmente Astrid es salvavidas en piscinas. Le gustaría volver a ejercer su carrera, pero por el momento se forma en trading, una prometedora alternativa en EEUU. Mientras tanto, Luis Miguel es repartidor de pizzas dos días por semana, el resto de ella hace entregas mediante una aplicación de encargos.

Los padres de Luis Carlos aseguran que el otoño y el invierno son temporadas difíciles, pero la primavera y el verano traen buenas oportunidades de empleo.

Con los ingresos obtenidos en el año que llevan siendo inmigrantes, lograron mudarse solos y comprar un carro. La estabilidad económica no fue la única recompensa de su esfuerzo: están tranquilos de poder criar a su primer hijo (y al que viene en camino) en un pueblo pequeño y seguro, como lo fuera San Felipe años atrás.

A lo que más les cuesta adaptarse es al clima. No se acostumbran a vivir tiritando de frío en los inviernos, ni derramando interminables gotas de sudor en los veranos infernales.

Tampoco están acostumbrados a las navidades lejos de casa.

“Cenamos junto a cuatro familias, todos con sus niños. Fue horrible porque todos éramos venezolanos y lloramos mucho. El 31 fue igual, quisimos cenar a las 11:00 p.m. (12:00 p.m. en Venezuela) pero a esa hora estábamos llamando a nuestras familias. Nunca había recibido un feliz año tan roto”, relató Pérez.

Anhelo

Lograr la estabilidad en el extranjero les ha colmado de paz y satisfacción, pero despedirse del tricolor y su gente cálida también los ha llenado de nostalgia, de recuerdos de un pasado remoto que dejan relucir los anhelos más hondos de sus corazones criollos.

A Luis Miguel le dolió el aminorar de sus sueños:el de envejecer en una casa familiar, el de recibir a sus amigos cada domingo, destapar una fría con el aroma de parrilla bajo su nariz y escuchar el escándalo de sus niño mientras corren por el patio. Astrid, por su parte, muerde todavía más fuerte su ilusión desvanecida de mostrarles a sus niños los lugares hermosos de su país, aquellos que su padre le enseñó entre viaje y viaje.

Ninguno de los dos dudaría en regresar si estuviesen seguros de encontrarse con un país como el de sus infancias.

Por ahora se quedan con la certeza de que pueden empezar de cero en cualquier lugar del mundo y bajo cualquier circunstancia, siempre que permanezcan unidos.

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Retazos de Venezuela


Venezuela para ti es: 

AJP: Es todo, es amor, familia, pasión, capacidades, fuerza, amigos, la mejor comida del mundo, las mejores playas.

LMG: Todo y nada. Su magia, su esencia, el chalequeo, somos sin duda alguna una especie diferente y única.

Comida qué más extrañas:

AJP: La sopa de costillas de mi mamá.

LMG: La comida de la calle, los perros, las hamburguesas, una buena parrilla.

Bebida qué más extrañas:

AJP: La negrita, una buena cerveza fría.

LMG: Yo no pienso en una cerveza, pienso en una botella de Cacique.

Una persona que extrañes:

AJP: Mis abuelas, mis padres, mi hermana.

LMG: Mis amigos.

Un pasatiempo o hobby que solo hacías en Venezuela:

AJP: Poder escaparme a la playa en cualquier día de la semana.

LMG: Extraño compartir con mis amigos, beber juntos, contar las anécdotas de siempre.

Un aroma que sientas que te transporta a Venezuela:

AJP:La colonia que mi papá usaba siempre.

LMG: El olor de una parrilla.

Un momento que te perdiste por no estar en Venezuela:

AJP: Los momentos navideños que teníamos en familia.

LMG: El 24 y 31 de diciembre, el primero de enero, no estar con mi familia y mis amigos.

Un paisaje:

AJP: Las playas de Venezuela, cualquiera.

LMG: El agua tibia de las playas de Venezuela.

Una marca venezolana que no encuentras en el país que emigraste:

AJP: La Polarcita.

LMG: Cacique.

Al pensar en Venezuela que es lo primero que te viene a la mente:

AJP: Mi familia y las ganas que tengo de verla.

LMG: La Av. Caracas con 5ta. Avenida de San Felipe.

Redacción: Francis Tineo / Producción: Simone Monasterio

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