La leyenda urbana del ‘Carocaro’

Opinión

Periodista y lifestyle blogger Yoli Caballero | @miniyoli_


El ‘Carocaro’, así le decían. En la actualidad, se le conoce por un seudónimo que ni él mismo inventó, sino otros, pero su fama llegó con su nombre de pila… ¿Por qué le decían así? Pues lo que muchos no sabían, es que ‘Carocaro’ era el nombre real de este niño venezolano que, hoy día –como dicen los llaneros– ya es un hombre hecho y derecho. Quizás no tan derecho, ni tan hecho, ni tan hombre, pero de cierto modo logró evolucionar cada que transcurrían los años, las décadas, y el tiempo.

Dicho joven, en sus inicios, tenía la fama de ser una persona imponente, alguien que siempre quería que los demás le siguiesen el paso, y no necesariamente porque tuviese la razón, sino por mero orgullo propio, simplemente por creerse más grande que los demás, más… “audaz”. Pero como en toda historia, Carocaro no tenía uno, sino varios rivales que siempre apostaban por llevarle la contraria y, lo que es peor, siempre le ganaban. Por ello, este pobre protagonista perdió protagonismo durante muchos años, años en los que no ganó “ni una”; sencillamente la gente ya ni sabía de su existencia.

Pasó el tiempo, lo cual ayudó a que tal muchacho organizase sus ideas, planease estrategias, abriese su mente a nuevos retos y metas y, finalmente, comenzase a ejecutar todo lo que en años de conversaciones solitarias aprendió. De igual manera que en la película Taken, o Búsqueda Implacable, como es conocida en Latinoamérica, Carocaro inició una búsqueda para encontrar a todos aquellos, que cuando pequeño, le molestaron y nunca dejaron que él se impusiese ante los demás. ¿Qué sucedió con estos otros jóvenes ya adultos? Pues resultó que unos ya habían muerto, otros se habían ido del país, otros estaban ocupados con sus familias y nada más les importaba, es decir, camino libre y trabajo fácil para el ya mencionado personaje.

Con todo el período transcurrido, es incorrecto que se hable de un muchacho, de un inexperto, debido a que ahora los términos adecuados para referirse al que recuperó su título como protagonista, son adulto, analizador, detallista, éste era el nuevo Carocaro. Y ciertamente, no obtuvo estos títulos sólo de boca, sino por sus acciones, las cuales iban más allá que cualquier mente siniestra que planea cuidadosamente un asesinato. Repetición: éste era el nuevo Carocaro, un asesino en serie, pero no cualquier clase de asesino, un asesino múltiple, capaz de matar a una nación completa en un solo día.

En la parte realista de esta historia, Carocaro no mató a nadie, es decir, no cometió ningún homicidio. Sin embargo, hizo algo muchísimo peor… lo que sí mató, fueron los bolsillos de millones y millones de venezolanos, ¿cómo? (…) Cuenta la leyenda que, durante los años en los que estuvo solitario, premeditando su plan maestro, poco a poco se fue adentrando en la economía del país tricolor (sí, la economía, considerada la columna vertebral de una nación), ya que justo desde este punto partió y ejecutó aquel rencor que guardó desde niño, cuando no lograba imponerse ante los demás.

Así fue como lentamente comenzó a abrirse paso tocando a las puertas de cada uno de los hogares de Venezuela, asechando cada instante para actuar y, de esta manera, “asesinar” –como se mencionó anteriormente– el bolsillo de la ciudadanía nacional. De pronto, y después de 20 años, el mundo entero conocía a Carocaro, a tal punto que logró posicionarse (en ilimitadas oportunidades) como el primerísimo primer tema de conversación del país bolivariano. Lo nombraban en las radios, en las televisoras, aparecía en primera plana en todos los diarios, entre otros múltiples lugares en los que él, quien en un principio no tenía nada de protagonismo, comenzó a ser la estrella que tenía acaparada todas las miradas.

Debido al éxito bien planeado y fugaz de este tan “alto” hombre, el cual incluso se convirtió en economista (era de esperarse tal título), Carocaro optó por aspirar a un nivel mucho más arriesgado y sumamente elevado. La avaricia lo consumió, y así como lo iba consumiendo, él consumía a todos aquellos trabajadores quienes, de una manera u otra, cada vez se veían más y más afectados por la feroz fama que tenía esta nueva estrella que salió de la nada, lo que provocó inclusive que el sueldo mínimo en Venezuela, “el más alto de toda Latinoamérica”, no alcanzase ni para comprarse una mantequilla y un paquete Harina Pan el mismo mes… Pero, ¿qué hizo en sí Carocaro?

Así como Hitler tenía a su mejor amigo, Mussolini, al que luego traicionó, Carocaro tenía de su lado un ejército de aliados, que durante años –20 para ser exactos, como se acotó antes–, lo fueron empujando e impulsando a ser cada vez más grande. Entre tanto, resultó que su mayor impulsador, el que a través de la persuasión hizo a Carocaro aumentar de manera exorbitante el costo de vida, fue el primero en ser traicionado, pues el persuadido ya no necesitaba ayuda de nadie para continuar, y de esta manera fue como adquirió ese seudónimo del que se habló en un principio, que hasta entonces es que damos a conocer: ahora lo llaman “Inflación”.

Ciertamente, tal apodo iba a la par, en pocas palabras, Carocaro se infló, y no lo hizo solo, lo hizo con su yo interior entrenado y con mucha ayuda de parte de aquellos que tienen dinero, riquezas y, por sobre todo las cosas, poder. Éstos al final fueron traicionados, e Inflación continuó por sí solo, lo que no quita que ese ejército de aliados, mejor conocidos como “Los Ladrones Miserables”, siguieran –de costado– formando parte importante del estrellato, en todo el sentido de la palabra, del protagonista no protagonista y protagonista de nuevo de esta historia.

En la actualidad, Inflación sigue haciendo de las suyas, aumentando constantemente el costo de vida de Venezuela, haciendo que la gente ya ni pueda mantener a sus familias ni a ellos mismos; llevando al país entero a la ruina y bancarrota, mientras al otro lado de la moneda se enriquecen quienes –como él– ladrones de poder, nunca dejan de tener sed. (…) Dicen que las leyendas urbanas suelen no ser reales, pero ésta es tan real como esa historia del país de oro negro que es gobernado por un burro, y que pudiendo ser uno de los países más ricos del mundo, resulta que es uno de los más pobres.

Pues sí, esta leyenda es así de real, así que ¡cuidado!… Inflación asecha a cada instante, cada movimiento y, cuando menos se espera, ya está sentado al lado de nuestros monederos o billeteras, ansioso de llenarse las manos del sudor y esfuerzo de su prójimo.

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