Mi mamá no aceptaba que me vistiera como varón

Testimonios

Su nombre no era María, pero así llamaremos al pasado que vive en su memoria como recordatorio de lo infeliz que fue y lo valiente que ha sido.

María creció rodeada de diversos juguetes. Se entretenía con carritos y le divertía imaginar a su Minie Mouse de tamaño real como su esposa. La madre, a quien le era indiferente si la hija jugaba con objetos “de niña” o “de niño”, tampoco encontró maldad en complacerla con los disfraces de carnaval que deseaba: un ninja, un príncipe, Super Man.

La pequeña María no podía comprender que se identificaba con personajes masculinos y su entorno pareció no darle mucha importancia.

Por suerte, el resto de su infancia transcurrió tranquilamente sin la mínima sospecha de las contrariedades que avecinaba el futuro.

La condición

Cuando María estaba culminando la primaria, tuvo que lidiar con la agresión de sus compañeros por sus maneras de varón.

“Me decían que no podía jugar futbol porque estaba en falda pero a mí no me importaba. A veces hasta me golpeaban y yo me defendía. Llegó un momento en que ya no se metían conmigo porque sabían  que no iba a importarme clavarles un…”, recordó.

Al dejar la camisa blanca por la azul, su mamá aprovechó la ocasión para sugerirle cambios “más femeninos” en su aspecto. Fue así como, forzada por la presión social que implica los inicios de la adolescencia, María empezó a utilizar maquillaje y algunas decoraciones en el cabello que la hacían sentir otra persona.

Lo que no le pareció extraño fue enamorarse de una chica de su salón.

No hubo confusión alguna porque sabía claramente lo que significaba aquella forma particular del latir en su pecho. “Yo lo sentía muy natural. Sabía que me gustaba, comenzamos hablando, nos hicimos novias y ya. Así de normal”, aseguró.

María entendía que era lesbiana y no intentó reprimirlo.

Pasaba tiempo con su novia sin alarde de su lesbianismo, pero sin ánimos de ocultar su relación que pronto fue conocida por los compañeros de clase.

Su mamá tampoco tardó en enterarse. Para ella el acto de confesión de su hija de 14 años era una oportunidad para fortalecer la confianza que siempre se tuvieron, así que la aceptó con una condición que parecía no tener importancia en aquel momento.

“Está bien, lo único que quiero es que te sientas bien. No será fácil y habrá gente que te discrimine, pero yo te apoyo. Eso sí, que te  gusten las mujeres no quita el hecho de que eres una mujer también, no tienes que vestirte masculino”, advirtió la madre.

Sebastián

¿Cuál es el problema?

La relación homosexual se convirtió en el foco de habladurías del liceo.

La única que no discriminaba el noviazgo era una amiga de María que tenía sentimientos por ella y que también se vería involucrada en complicaciones por su “comportamiento”.

Los chismes y los comentarios ofensivos no cesaron y durante un arrebato de rabia, María desafío a sus compañeros. “¡Bueno, sí, ella me gusta y es mi novia! ¿Cuál es el problema?”, gritó en plena clase, pensando que tras aquel alarido se acabarían sus problemas, pero lejos de conseguir la paz, obtuvo una citación de representante.

Su madre había cumplido su palabra. Defendió a su hija ante los directivos de la institución que, preocupados por la conducta de las tres muchachas (la pareja y la amiga), resolvieron prohibirles hacer equipo en las exposiciones o talleres grupales.

Desde entonces los profesores vigilaban a las chicas y les asignaron asientos fijos en lugares opuestos del aula.

Un día la profesora de Inglés citó a María con urgencia. Ésta creyó que iban a expulsarla por ser lesbiana.

“Yo sé que usted tiene algo con…   Pero no se preocupe, eso no tiene nada de malo. Yo hablaré con el coordinador”, dijo la docente.

Entonces María sintió que por fin las cosas mejorarían para ella cuando la profesora amenazó a los directivos con denunciarlos por violentar el principio de igualdad y no discriminación, establecido en el Artículo 3 de la Lopnna, si no dejaban tranquilas a las tres muchachas.

Sebastián

Su nombre es Sebastián

María desapareció mientras estudiaba fisioterapia, pero antes atravesó muchos episodios depresivos.

La entrada a la universidad le permitió tener más libertades y aunque su madre se había mudado de estado y el control sobre “la vestimenta femenina” había mermado, ella sentía que algo no estaba bien.

Al mirar su cuerpo frente al espejo la invadía una sensación de desagrado. Tenía 17 años de edad y pasaba horas en su habitación con el ánimo por el piso sin comprender la causa de su malestar.

“Un día salí con una muchacha y me preguntó ‘¿si volvieras a nacer, serías hombre?’. No supe cómo responderle”, comentó.

La interrogante quedó resonando en su cabeza hasta que una sugerencia de Youtube le mostró el video de un hombre que había sido mujer en su juventud y exponía su proceso de cambio de género. María supo en ese preciso instante que había dejado de existir.

Ahora su nombre es Sebastián, como iba a llamarlo su mamá cuando pensó que daría a luz un varoncito.

Rompiendo el silencio

El hombre que acababa de despertar tendría un largo camino que recorrer, empezando por asumir la transexualidad ante su madre.

Tardó en hablarlo todo un año. Ni su mejor amiga (bisexual), ni su mejor amigo (gay) sabían del fracaso  en la búsqueda de una red de apoyo para transexuales en Venezuela, ni mucho menos de las intenciones de conseguir hormonas para iniciar el cambio.

Sebastián sentía miedo. En su entorno la homosexualidad era normal, pero la transexualidad era un “asunto poco común”.

Ese año de silencio sirvió para ir transformando su aspecto físico poco a poco. Primero con un corte de cabello por los hombros, luego con rapados en los temporales y más tarde, en su cumpleaños, con el flequillo a la altura de los ojos.

“Mi mamá había llegado de sorpresa y ya yo sabía que íbamos a tener problemas por mi cabello. Pasé todo el día evadiéndola hasta que fue inevitable. Me formó tremendo rollo enfrente de mis amigos”, relató.

Los siguientes días madre e hija cruzaron escasas palabras.

A la señora le costaba despedirse de María, la niña que vio nacer y la mujer que había visto crecer. Pero al poco tiempo terminó aceptando a Sebastián, brindándole el amor y el apoyo que alguna vez pertenecieron a la pequeña de sus ojos.

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El precio del cambio

Su madre se había convertido en su mejor aliada. Fue ella quien lo puso en contacto con un chico que a su vez la conectó con un grupo de transexuales en Venezuela.

Así descubrió con una emoción incalculable que en el país sí existían médicos capacitados para hacer el cambio de género.

A principio de este año Sebastián inició la travesía los exámenes previos al tratamiento de hormonas, que pudo costear después de vender cuanta cosa vendible se hallaba en su propiedad.

Gastó $50 en exámenes sanguíneos. La consulta ginecológica le restó $20 del presupuesto y los ecos mamario y abdominal le salieron gratuitos (favor concedido por especialista amigos de la madre).

El gasto del examen psicológico, de estricta necesidad, también se lo ahorró gracias a otro favor, y finalmente la consulta con la especialista en endocrinología, realizada en febrero, le costó $30 (incluyendo un eco tiroideo). Fue ésta quien le indicó el tipo de testosterona adecuado para su organismo.

Para entonces había conseguido dos cajas de ampollas de testosterona a $55 cada una. “Ahorita cada caja debe rondar los $60. Con  ese par tengo testosterona para 7 o 9 meses”, explicó.

Los cambios que le sucedieron a su cuerpo lo otorgaron una sensación de comodidad que jamás había percibido.

La forma del mentón y los hombros se tornaron cuadrados, las curvas de sus caderas dieron paso a un par de líneas rectas y el vello facial hizo aparición, ayudado con la aplicación en la barba de un producto que previene la caída del cabello. También fue diferente su tono de voz, más grave con el pasar de los meses.

Desapareció el disgusto por su imagen y al mirarse nuevamente en el espejo comprendió que el bienestar no tiene precio.

Sebastián

Más que una etiqueta

Actualmente Sebastián se está capacitando para ser barbero mientras culmina su carrera. Divide su tiempo entre las clases virtuales, la venta de maquillaje en una tienda online, y el voluntariado en la Cruz Roja como socorrista.

Le gustaría vivir en un país como España, donde podría ejercer como fisioterapeuta y donde la comunidad LGBT es aceptada tanto por los ciudadanos como por las leyes.

En Venezuela sigue enfrentándose al rechazo de algunos profesores y compañeros, a miradas de repudio mientras va caminando, y al disgusto de ver el antiguo nombre en su documento de identidad.

“No me gusta victimizarme. Intento llevar las cosas con la mejor disposición posible. Sí, he sido rechazado y discriminado, pero al final del día la gente siempre habla y uno es mucho más que una etiqueta. La única cosa que quiero es ser feliz”.

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